Let's burn, sweety — Akasma & Nassar

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Let's burn, sweety — Akasma & Nassar

Mensaje por Akasma Melek el Mar Ago 08, 2017 5:57 am


❝ Let's burn, sweety
and then, your eyes became my ilusion
Akasma, The Fire Keeper, una de las guerreras más populares y aclamadas entre todos los enfermos que solían estar presentes en el Coliseo, ¿Qué mejor que observar a una sexy guerrera batallando por su vida? Y si se le destruía la armadura, la situación no hacía más que mejorar, ¿Verdad? Ella lo sabía. Sus altas y esbeltas piernas se contorneaban en cada paso que daba, deleitando a los espectadores al momento de pelear contra el hombre que su enemigo se declaraba. Una mujer fuerte, que supuraba belleza y frialdad a donde sea que dirigiera la mirada. Depositó la mayor parte de su peso en su pierna trasera y, antes de que el enemigo se incorporara, giró 180° grados en su propio eje para propinar una fuerte patada en la cabeza del caballero y, tal y como podía esperarse de ella, el cuerpo del varón voló hacia la pared del área en el que se encontraban, azotando con brusquedad. El único estilo de vida que conocía. Ovaciones sin cesar, alzando la voz para gritarle una que otra vulgaridad y ¿Por qué no? Incluso una que otra propuesta de supuesto amor, y, claro, que nunca faltaban los abucheos, esos adultos que al no tener una vida propia buscaban arruinar la de terceros, criticando sin ponerse en el lugar de ellos. Zorra, puta, ramera, golfa, ¿Por qué la alababan tanto? En efecto, eso era ella. Sonrió hacia el anciano que más le estaba atacando e introdujo su dedo medio, el índice y el anular en su cavidad bucal. Los chupó con vulgaridad y descaro, llegando a tocar la campanilla de su garganta pero ¿Inmutarse? Oh, para nada, una cualquiera cómo ella ni siquiera respiraba. En lo que su enemigo se levantaba los sacó y metió un par de veces, burlándose de forma descarada de todos los insultos que le dedicaban porque ¿Ofenderla? Oh, cariño, para nada, a esta mujer no haces más que halagarla, ¿Es qué acaso no son conscientes de ello? Su naturaleza más salvaje le permitía sentir los cachondos que se ponían muchos de los hombres que la observaban, ah, siempre igual de guarros en su amada tierra. Le fascinaba poder involucrarse con personas de su misma calaña. Besó los tres dedos para volar el mismo hacia aquel viejito. Un suave guiño. Alabanzas y vítores. Ya había jugado demasiado con su presa por esa tarde, ¿No? Empezaba a aburrirse de cómo ese inútil Roar intentaba luchar con su vida pese a no tener la preparación de alguien de su condición, ¡vamos! ¿Qué demonios va a hacer un simple campesino que no tiene los suficientes músculos para tan siquiera propinar un verdadero golpe en su parte lateral? Patético —¿Eso es todo lo que tienes? —no estaba disfrutando de la adrenalina, ¿Qué podía darle ese agricultor de diversión? Pero todas las aplausos y glorificaciones de las que era amiga hacían la situación mucho más llevadera, tan miserable… —acercó su rostro al del hombre quien ya estaba en cuatro patas, intentando incorporarse. Melek posicionó su calzado sobre la coronilla de su cabeza para empujarlo una vez más hacia abajo—. Patético. Lo siento Reina Mía, pero no puedo divertirte más con esta asquerosa rata de Roar, hey, amigo, dime, ¿Tuviste una buena vida? —justo cuando iba a calcinarlo, la dragona se vio distraída por algo más. Una esencia peculiar… ¿De dónde venía? Parpadeó perpleja, obligándose a sí misma a levantar la mirada hacia un lugar y, en casi nada de segundos, hacia otro, buscando la procedencia de dicha fragancia.

“¿Qué iba a ser esa esencia si no eras tu? ¿Qué iba a saber yo de leyendas cuando no había llegado a toparme con mi verdadero amor? ¿Cómo sabría que el destino había actuado en un ser tan egoísta como lo soy yo? Amor, patrañas, jamás hubiera caído ante este sentimiento de no ser porque eres tu.”

Su pecho subía y bajaba y, curiosamente, esto no se debía al cansancio de la batalla porque éste era inexistente. En el aspecto físico estaba perfecta, sin embargo, a la dragona se le cortó el aire, como si no pudiera respirar… No, no… No es un como si no pudiera, ¡era un hecho! Le estaba faltando el aire, ¿Pero qué demonios pasaba? ¡¿Acaso aquel bastardo la había envenenado?! ¿Un potente afrodisiaco? No… Eso iba más allá que simple hechicería. Melek no podía pensar en otra cosa que no fuera eso. Jamás le había pasado algo similar. Sube y baja, sube y baja. Su pecho no paraba. Podía notarse en su rostro la perturbación por la que estaba pasando. No era justo que esto le sucediera a ella. No le gustaba. Le enojaba. Ella nunca permitía que cuestiones externas le distrajeran tanto, ¿Por qué tenía que estarle pasando en ese preciso instante? Perdió las fuerzas en las piernas y sin desearlo estuvo a nada de caer de rodillas en el campo de batalla, sólo que antes de hacerlo interpuso su puño en el mismo, levantándose como pudo. No estaba excitada, no, ella conocía a la perfección la sensación, ¿Entrar en su celo? Era una probabilidad, pero ¿Tan fuerte? Nunca le había pasado con semejante intensidad. La vista se le nubló repentinamente. No podía ignorar aquello por lo que estaba pasando… ¿Por qué? Había crecido con sentidos desarrollados, justo como su naturaleza lo indicaba era parte de ella, pero es que, a pesar de que su oído y su olfato siempre se veían constantemente perturbados, en ese preciso instante no podía controlar la curiosidad que nacía en sus sentidos; no sólo era su nariz la que estaba sufriendo las consecuencias de lo que recién tomaba lugar, sino que también su tacto, ¿Por qué se había erizado? Miró su propia piel, observando de forma detenida el cómo sus poros se veían dilatados, ¿Por qué? Y sus ojos, a pesar de que tenía la mirada borrosa, parecía que estaba desesperada por encontrar algo que no hallaba. Akasma escuchaba muchas cosas, conversaciones que no le interesaban, jadeos, risas, cuchicheos, por lo general le bastaba con bloquearlas pero ahora… ¿Ahora por qué no podía? Buscó la procedencia de aroma que comenzaba a hacerle perder la cabeza, ¿Una hermosa señorita en celo? No… No… Tenía que ser algo más. El ritmo de su corazón se aceleró. Maldita sea. Recibió una patada en su cabeza y cayó directo al suelo. No tuvo oportunidad de reaccionar. El cuerpo de la mujer tembló y un calor sin precedentes la albergó. No le gustaba. Tenía que levantarse y hacer que la sensación cesara. No podía seguir así. No, no y no. Las gotas de sudor empezaron a resbalar por su rostro, ¡No podía ser posible que eso la estuviera debilitando más que lo que tenía que hacer en el maldito campo de batalla! Ya tenía esa guerrilla ganada, entonces, ¿Por qué de un momento a otro la situación cambiaba?

Justo cuando alzó la mirada, se topó con una mirada a la lejanía. Entre todas las personas presentes, hubo una señorita que captó su atención. Sus ojos verdes parecían una ilusión; pero no pudo profundizar en aquel sentir. Todo regresó a la normalidad. Abrió los ojos de manera ligera y justo cuando el roar planeaba atacarla por la espalda, respondió con un latigazo que envolvió el dedo del contrario y, ante la fuerza ejercida, lo arrancó. Todo pasó en un santiamén —Así que también le haces a la hechicería, eh… —y justo en ese preciso instante, lo que vendría siendo la cámara que está captando todo lo que pasa se desviaría hacia el público, captando sus caras de asco ante la sangrienta escena que tomaría lugar. La cabeza del sujeto rodó y Akasma, llena de sangre y con la daga en mano tragó un pedazo de la carne que había agarrado de la nuca de su contrincante para, sin más, devorarlo. Había ganado, tal y como era de esperarlo, pero ya no le importaba tanto. Su mirada se enfocó hacia la señorita que estaba sentada a un lado de la reina y, con todo el descaro del mundo, sabiendo que le observaba le guiñó con suma suavidad un ojo, llegando a mandarle un beso volado con desdén, ¿Cuántos de los que la rodeaban lo interpretaron como si fuera para ellos? No lo sabía, pero tampoco importaba— “Te veo en el banquete de la reina” —pronunció con sus labios, ¿La entendería? Esa misma noche la vería, ¿verdad? Y de no hacerlo, la buscaría. Cuando decidía algo, las cosas sucedían.



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