Un Conejo Mercenario y un Demonio Mayordomo [priv. Drakkar]

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Un Conejo Mercenario y un Demonio Mayordomo [priv. Drakkar]

Mensaje por Akinon el Jue Jun 01, 2017 12:29 pm

Llevaba cuatro días fuera de la Fortaleza de Karr. Iba en silencio y Akinon estaba enfadado: ¿dónde estaba el inútil de Ryko? ¿Por qué no se presentaba para poder proseguir con el encargo? Odiaba trabajar en equipo cuando él sólo reunía las cualidades necesarias para desarrollar el pedido con meticulosa profesionalidad. La dedicación del joven incubo por la reina le agradaba, porque era un síntoma irrefutable de su empeño en llevar a cabo el cometido, pero aún en mayor sentido le irritaba, porque era síntoma de su desfachatez; hacer una misión conjunta con alguien tan desprovisto de experiencia era para él un descrédito: sólo le interesaba llevar a cabo su misión con resultados factibles. Pero quizá precisamente porque en su fuero interno le traicionaba y al mismo tiempo sabía que él lo sabía, una especie de sentido de justicia en nombre de la reina incitaba a ayudarle en sus esfuerzos, a apoyarle, a librarlo de su inutilidad. Decidió que si Ryko no era capaz suficiente de encontrarle, lo encontraría él.

Se habían separado debido a una entrega extra que Akinon debía llevar a cabo en la capital de Karr. Ryko había insistido en esperar y ayudarle. Pero… ¿ayudar al Demonio Mayordomo? Hacía tiempo que no reía de tal forma. Su acompañante seguiría un día de ventaja y lo encontraría a las afueras de la entrada en dirección al Centro de Correo, seguiría caminando, mascullando sandeces para sí mismo con el miedo de pronunciarlas, de escupir las palabras hacia su desdeñoso compañero, el altivo mayordomo que le despreció desde el primer segundo en que les encomendaron salir de la Fortaleza. ¡Ah, y cuánto le entretenía la idea de conocer los adentros de aquel incubo joven y altanero, tan orgulloso de sí mismo! Y le entretenía porque, de cierto modo, él sabía lo que era ser altanero y que alguien pise tu orgullo como cualquiera pisaba un crujiente e inofensivo insecto.

¿Veía a Ryko como a un insecto? Oh, no, los insectos tenían muchas más virtudes que aquel incubo, y Akinon estaba al tanto de ello. Los insectos proveían a la naturaleza de un equilibrio intrínseco con el desatino controlado de un universo desalmado e impasible; en cambio, Ryko solamente aportaba una incontrovertible exacerbación hacia quien debía, por sobre todos los medios, llevar la bandera de la misión. ¿Entonces qué era Ryko, sino un títere prescindible y ruidoso? ¿Qué pasaría, pues, si en un arrebato de celos y afán de protagonismo Akinon levantaba su pie y lo dirigía hacia el infeliz insecto que le habían puesto como compañero? Después de todo, siempre podía alegar que había caído en el transcurso de la misión, ¿no? ¿Quién se iba a preocupar por un joven incubo en las conflictivas tierras de Karr? No pudo evitar reflejar una sombría sonrisa en su rostro producto de aquel funesto pensamiento que cruzó como una estrella fugaz en su mente. Un pensamiento tan oscuro como lo era la reina y, por su defecto, como lo eran las tierras de Karr y todos sus violentos habitantes.

Se apoderó de su ser una extraña sensación de regocijo. Las puertas del destino se abrían ante él con mayor facilidad y claridad, dejando entrever en sus entrañas un copioso mar de oscuridad: era la puerta oscura hacia la gloria de los deseos de su reina. Se veía a sí mismo sonriendo, relamiéndose los labios mientras gritaba de gozo entrando en aquel mar oscuro, fundiéndose con él, siendo parte de él. Sí, lo había decidido: ¡mataría al joven Ryko y haría la misión en soledad! Se sentía pletórico; se sentía como el gigante que aquel pequeño insecto ve desde lo más bajo del terreno amenazando con ser aplastado; como vería cualquiera persona la inmensidad del Pilar de Nurén abriéndose paso hasta lo más alto del cielo. ¡Ese sería él! ¡Él y nadie más que él! ¿Pero qué le diría a su reina en cuanto preguntase por su incordiante compañero? ¿Tendría el valor suficiente para mentirle? Y no es que no supiese mentir, pues siempre ha sido un demonio poco honesto. Era el hecho de mentirle a su preciada reina la que hacía que su mente vacilase ante el hecho de dar el paso una vez encontrado a su compinche.


—Una vez más el destino teje una telaraña complicada por la que debo caminar con la mayor prudencia posible.

La noche cayó y entre sueños recordó las palabras de su informante en la capital con una claridad envidiable:

—Se organizan como las hormigas —le dijo a Akinon—, pero no con la concienzuda formación de dichos insectos, más bien con el mismo número. Cada vez van siendo más, pero su organización es, sin duda, pobre como los pueblos de Karr.
Akinon dijo:
—Propio de los pobres diablos de estas tierras.
Y el informante dijo:
—¡Por supuesto! ¡Por supuesto! —repitió mientras se frotaba las manos—. La reina, en cambio, posee una red increíble. Posee ojos y oídos por todas partes. ¡Como una araña! —pero enseguida carraspeó y se aclaró la garganta cuando observó la fijeza con la que le miraba el demonio mayordomo—. Quie… quiero decir, la reina posee un gran equipo de inteligencia. Nada sucede sin que ella esté al tanto, y usted es una prueba de ello. Yo soy un fiel seguidor de la reina, por supuesto, por supuesto.

Incluso en los sueños, la forma en que el informante repetía las palabras «por supuesto» y como frotaba las manos le producía una terrible repulsión.

—Es por eso que le informo de todo cuanto sé. Están reunidos en las cercanías del Centro de Correos. Aprovechan que poca gente, por no decir nadie, se pasea por esos lugares y traman todo tipo de espeluznantes planes en contra de la actual monarquía. ¿Puede creerlo?

Y él lo creía. No era la primera vez que desmantelaba ese tipo de grupos. Habían enviado a él y a Ryko hacia el Centro de Correos porque según los informantes de la realeza, había un grupo incógnito en la Fortaleza que ahora huía con información de vital importancia y con fines —según la intuición de Akinon— destructivos para la actual tiranía de Iris Raleigh. El solo hecho de pensar que, con una piedra podría destruir dos pájaros —o tres, si contamos a Ryko— de un solo tiro, le hacía flotar en el más pomposo éxtasis. Como ser meticuloso, que estudia todas las alternativas posibles, se veía a sí mismo celebrando en la Fortaleza, observando el placer de un trabajo bien hecho reflejado en el rostro de la reina. ¿O tal vez sería un rostro indiferente? ¡Daba igual! Lo único que motivaba su trabajo era llevar acabo a la perfección sus planes.

Había recorrido durante toda la mañana, bajo un sol abrazador y un calor sofocante un largo trecho hacia el punto de encuentro con Ryko. Se había decidido en acabar con él una vez que la misión estuviese culminada, pero a su pesar, eso no pudo ser de la forma que lo había previsto.

Para empezar, Ryko no acudió al punto de encuentro, cosa que le extrañó. Sabía que era un incubo joven e inexperto, pero, ¿faltar a una orden tan simple como esa? Algo no cuadraba. Podía sentir la llana calma que precede la tormenta, ese vacuo sentimiento que arropa al alma y la mantiene intranquila a espera de una conclusión ingrata y oscura. Pero no una oscura como su puerta de la soledad, no. Una oscura como el vacío de la perdición, el vacío que deja la ineptitud: el fracaso oscuro.

A pesar de lo hostil del entorno, del calor extremo, Akinon portaba con orgullo su traje. Quitando un poco de polvo en las pantorrillas —lo cual es inevitable debido al viento y el largo trayecto—, reflejaba un porte distintivo. Apenas y se podía ver en su rostro, trazo alguno de sudor. Sólo se podía ver un leve gesto de molestia por su parte al no encontrar a Ryko por las cercanías. «Inútil incubo» pensó con desprecio.
Prosiguió con cautela felina. Se movió como lo haría un gato, y el simple hecho de rememorar sus movimientos con los de los pequeños animales, apartó de su mente la sombría presencia del fracaso. ¡Ah, cuánto amaba a esos peludos animales! Los terrenos baldíos de Karr no removían su alma, no afectaban en su espíritu más que el desgaste físico, pero aquello no fue posible gracias al concienzudo descanso que había tenido previamente. Lo que realmente hizo que se detuviera a las puertas de la estructura del Centro de Correos no fue la soledad y el silencio que allí imperaba. Por el contrario, lo que hizo que dejase de pensar en gatos, fue lo completamente opuesto a la soledad; o por lo menos la soledad propiamente dicha, pues allí, en los yermos páramos del edificio, el suelo estaba sembrado de todo tipo de cadáveres. No había una raza en concreto mermada, sino una docena de infelices que encontraron su fin bajo manos precisas. Cuerpos con cuellos rotos, con apuñaladas en sitios estratégicos para ocasionar un colapso en cualquiera que hubiese tenido la mala suerte de encontrarse con el misterioso verdugo.

Movió uno de los cuerpos con la punta del zapato y emitió un pequeño silbido. La rápida investigación, cual médico forense, le dio a conocer la forma en que habían muerto. ¡Pobres diablos! Contó doce, y entre los doce, yacía en el suelo lleno de sangre, con los ojos fijos en la eternidad del flameante sol, Ryko. Estudió su expresión y quedó embelesado por la forma en que su expresión quedó grabada en la eternidad. Aquel pobre incubo había conocido la muerte a manos de un ser que sabía lo que hacía, un ser que, sin saberlo ni quererlo, había hecho el trabajo de Akinon mucho más simple. ¡Le había quitado la carga de mentirle a su reina! ¡Ahora él sería el único protagonista!

Pronto la sombra del fracaso se difuminaba y se convertía en la oscuridad de la recóndita puerta, esa puerta del destino que le abrazaba en las sombras del triunfo. Soltó una frenada risilla, una que pronto fue aumentando cuerpo y tono hasta convertirse en una carcajada. No pudo evitar posar su mano derecha, enguantada por el impoluto blanco de sus guantes. ¡La hilaridad era creciente! Ya tenía menos problemas, pero… ¿debería buscar al causante de dicho alboroto? ¿Lo encontraría allí mismo? ¿Sufriría el mismo destino?

Tantas preguntas y él con tan poco tiempo de poder saborear aquel lúgubre paisaje…

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Re: Un Conejo Mercenario y un Demonio Mayordomo [priv. Drakkar]

Mensaje por Drakkar Katasros el Vie Jun 02, 2017 3:26 pm

Los rumores en el sector rojo de Karr corrían rápido, demasiado rápido. Era esa la única forma que muchos tenían de contactar conmigo. O bueno, era la única forma que tenían muchos de contactar no con "Drakkar Katasros", si no...con "Black Rabbit". A pesar de que no muchos lo hagan, es mejor siempre mantenerse en el anonimato si vas a realizar acciones que puedan traerte una gran cantidad de enemigos, sobre todo si esos enemigos pueden llegar a resultar poderosos empresarios o quien sabe, hasta pertenecientes a la realeza. Estos años que he logrado vivir en libertad son los años en los que he aprendido como es que funciona realmente Karr, y es también como me he adaptado para saber que hacer, como moverme, como actuar, o como matar. A pesar de que muchos son los capaces de ir a asesinar a su presa, son pocos los que tienen el valor de hacerlo, y son ese tipo de personas las que contratan a gente como yo. O mejor dicho, son ese tipo de personas las que contrata a monstruos como yo.

Es ese el caso que me trajo aquí esta noche. Un hombre buscándome para quien sabe qué.

Un hombre caminaba a altas horas de la noche por el sector rojo, sin tener idea que mi persona se hallaba desde un rato siguiendo sus pasos. Me veía cubierto totalmente por una túnica de color negro, que no permitía ver absolutamente nada de mi, incluso el rostro pues una capucha se encargaba de pasar por mi rostro que, además, se hallaba oculto tras una máscara de conejo negro. Una máscara que con el pasar del tiempo ha despertado temor y respeto entre aquellos que conocen los rumores acerca de la cosa detrás de esa máscara. Viendo de camuflarse con la oscuridad de la noche y en las sombras de los edificios, caminaba de tejado en tejado, hasta que el hombre pasó por un camino estrecho, un callejón. En ese mismo momento estiré mi par de alas y me dejé caer, planeando hasta caer en el suelo con tal cuidado que no hice el más mínimo ruido y el hombre no logró percatarse de mi presencia. Oculté ambas alas y comencé a caminar a tan solo 1 metro de distancia de su espalda hasta que se detuvo. Finalmente se había percatado de que había alguien detrás de el. Con un temor que podría oler a kilometros de distancia, empezó a voltearse y casi palideció al verme. No dije nada, simplemente me le quedé mirando, a la espera de que iniciara la conversación aunque por su miedo, podría decir que no se atrevería a hablar.

- ¿Cual es tu encargo? - Pregunté con un aire severo y una voz con un tono ligeramente distinto debido al eco que ocasionaba la máscara.

- Q-quiero que a-acabes con e-esta persona - Atemorizado, sacó una foto y me la entregó.

La tomé y la ojeé de inmediato, para luego guardarla bajo mi túnica y mirarlo fijamente - ¿Motivo? ¿Localización? ¿Algo?.

- Tengo...tengo mis motivos - Dijo un poco más confidencial. No le di importancia, no tenía pinta de ser algo muy relevante de todos modos - El...sirve a la reina - Reaccionó de inmediato al ver como incliné ligeramente mi cabeza de lado, tomando el maletín que tenía y abriéndolo para ver la cantidad de Exos que había - Espero que...esto sea suf- - No esperé a que terminara de hablar. Tomé el maletín, lo cerré y comencé a caminar por mi propio camino, alejándome.

- ¡O-oye! - Gritó, inseguro de lo que iba a decir, claramente midiendo con cuidado sus palabras para no enfadarme - ¿E-entonces tenemos un...?

- Le queda no más de un mes de vida - Respondí a secas, aclarando que había aceptado el trato antes de pasar a otro callejón aún más estrecho para luego desaparecer entre sus sombras.

...

Había pasado mis últimos días siguiendo el rastro del Incubo al cual había marcado para morir. Preguntaba a personas que pudieran conocerlo, intentaba pasar de las formas más pacíficas cerca de la fortaleza para poder saber en qué momento estaría a su merced y tras la espera suficiente, sucedió. Se le envió a hacer algo a la Capital, o por lo menos eso parecía, realmente no le importaba mucho. Lo único que le importaba en estos momentos, era ir a por el y en el momento preciso, acabar con su vida de un simple y preciso ataque. Durante días y noches me dediqué a seguirlo desde la lejanía, a observarlo, a acecharlo. Veía por donde iba, hacia donde iba, lo que hacía, esperando como buen cazador al momento en el que se abriera la más mínima oportunidad.

Finalmente, sucedió.

Me hallaba en el tejado de uno de los edificios cercanos a la oficina de correos, oculto bajo mi túnica negra y mi característica máscara. Estaba agachado con la rodilla izquierda en el suelo y con mi brazo derecho sobre mi rodilla derecha. Esa posición me brindaba una vista panorámica y me permitía ver a la gente que transitaba por las calles contrarias. Allí, enfrente de la oficina de correos, se encontraba mi víctima acompañada de unas cuantas personas que quizá estaban con el o quizá estaban ahí por cuenta propia, da igual. Sin embargo, parecía que todos allí tendrían para un tiempo pues se veían ocupados. Ahora mismo no estaba esperando a que el Incubo fuera el único de pie para actuar, si no que esperaba a que no pudiera aparecer ningún "Testigo Sorpresa". Esperé a que el ritmo de personas que transitaba por las calles fuera descendiendo hasta que finalmente, esas personas que se hallaban en la oficina de correos fueran las única personas a un par de cuadras a la distancia.

- ...Perfecto.

Bajo mi máscara, mis ojos se enrojecieron, mis escleróticas se ennegrecieron, lineas rojas salían de mis iris y pasaban por encima del negro hasta inclusive pasar por encima de mi piel mientras que a la altura de mis hombros, mi par de alas con una aparente forma de Ángel pero de un extraño color rojizo crecieron. Me preparé en cuclillas para tomar impulso de un salto, directo al vacío. No hacía el más mínimo ruido, de hecho, apenas si un par de las personas allí presentes pudo percatarse de mi presencia. Ya estaba cerca de llegar contra tres hombres cuando mis alas se estiraron del todo y una luz negra les rodeó por completo, afilando las mismas hasta el punto que con tan solo caer entre medio, un movimiento de cada ala contra sus cuellos fue suficiente para causarles una muerte no muy bonita: Atragantándose con su propia sangre, o por lo menos dos de ellos mientras que uno tuvo la suerte de recibir una muerte más instantánea.

3 Menos, quedan 10.

Las caras de terror se hicieron ver en cada rostro allí presentes. La gran mayoría sabía quien era y lo que hacía, pero nadie sabía a por quien venía. Tampoco importaba, de todas formas los tenía que matar a todos. Un chico intentó correr, a lo que lo apunté con la palma de mi mano y dejé salir de esta un rayo de luz negra que lo alcanzó por la espalda y lo perforó hasta salir por su pecho, justo en el sitio donde va al corazón. Dos de los hombres intentaron abalanzarse sobre mi, uno por cada costado. Doy un rápido puñetazo derecho al que viene por la izquierda para incapacitarlo un par de breves segundos, segundos que utilizo para voltearme ahora a la derecha y pateo con fuerza el pecho del segundo hombre para hacerlo retroceder con un "Crack" que puedo suponer, fue la caja torácica rompiéndose. Me vuelvo a girar hacia el hombre de la izquierda que apenas ni siquiera ha alcanzado a perder el equilibrio por mi primer golpe cuando dejo que la luz negra que rodea mis alas pase ahora a mi mano izquierda y la envío con la punta de los dedos estirados hacia su estómago, atravesando al pobre y dejando que mi mano se vea por su espalda. Termino dando un movimiento brusco con mi brazo izquierdo para arrojar su cuerpo ya agonizante a otro costado y que no me estorbe. Me apresuro a ir hacia el hombre con la caja torácica rota aún por el suelo y de una patada en la yugular, acabo con su vida.

2 Menos, quedan 7.

En este último movimiento se me habían acercado dos hombr- No, espera, fueron tres. El tercero fue listo, intentó atacarme por la espalda mientras que los otros dos se me abalanzaban de frente. Una buena idea que quizá pudo haber dado por resultado pero para sus desgracias, no fue así, debió de cuidar un poco más el sonido de sus pisadas para que no me percatara de ese pequeño detalle que quizá pudo haber decidido su salvación. Así como los dos hombres se me abalanzaron de frente, yo dí un salto hacia ellos elevándome un metro por el aire. Al hombre que se avecina por el costado derecho y que va un par de pasos adelantados en comparación a su compañero, lo recibo con una patada con mi empeine izquierdo, logrando sacarle un par de dientes y resquebrajando su mandíbula. Aún sin caer en el suelo, doy un giro por el aire y al segundo hombre que viene de frente lo recibo con una patada descendente derecha, chocando mi talón derecho con su frente. Esta vez, dejé que todo mi peso se fuera directo en esa pasada, haciendo que al instante de caer, su nuca se estrellara con el cemento mientras yo caía con un pie encima de su cabeza. El golpe fue lo suficientemente fuerte para destrozar su cráneo e incluso romper parte del suelo. Sabía que un tercero se me acercaba por la espalda, y que el de la mandíbula rota se estaba levantando. Por ello, aproveché y de un simple impulso me posicioné a las espaldas del hombre de la mandíbula rota a la par que me volteaba a ver al tercer chico, el cual llevaba una katana consigo. Sujeté los hombros del hombre de la mandíbula rota y lo levanté como un escudo humano justo al instante en el que el chico dirigió su katana hacia mi. A pesar de usarlo como escudo (Y dejar que el lo asesinara), tuvo la suficiente fuerza para hacer que su katana casi llegase hasta mi e incluso tuve que soltar uno de los hombros y agarrar el filo para que no perforara mi carne. Una vez el filo se detuvo, giré mi muñeca con tal fuerza que pude romper dicho filo. Empujé entonces al cadáver encima de el chico, haciendo que perdiera el equilibrio unos segundos. Esos segundos fueron todo lo que necesité para reposicionarme a su costado derecho y encajar su propio filo en su cuello. Es una lástima, lo hizo bastante bien. Pero bueno...

3 Menos, quedan 4.

Mi mirada se mostró molesta y furiosa cuando vi como dos intentaron escapar. Uno de ellos, el Incubo. Intenté apresurar el paso hacia ellos extendiendo mis alas y empezando a volar a tan solo un metro del suelo hacia ellos cuando de la nada, uno de los hombres deslizó el filo de una espada por mi camino, pasando a llevar mis hombros. Como es normal en estos casos, mis alas se ocultaron automáticamente y yo caí al suelo, más alcancé a rodar en vez de chocar para luego caer de pie, más a pesar de intentar retenerme, logré caer lo suficientemente cerca de los dos para sujetar sus muñecas y de un simple jalón los arrojé contra una pared que teníamos detrás. El primero falleció casi al instante pues pude ver como literalmente explotó como cuando aplastas a un mosquito. No sabría decir si el Incubo tuvo más o menos suerte pues el golpe no lo mató, pero le rompió su buena cantidad de huesos y lo dejó tendido escupiendo sangre.

1 Menos, otro incapacitado. Quedan 2.

Los otros dos hombres restantes se abalanzaron sobre mi, uno con una espada y el otro con puños. Tenían una apariencia más vieja que los demás y eso muy lejano de resultar una desventaja, representó un reto. Por sus movimientos pude deducir que eran o alguna vez fueron guerreros, más probablemente compañeros. Estaban bastante sincronizados y sus ataques tendían a ser mortales, seguro que de no haber bloqueado o esquivado uno solo, la hubiera palmado. Me comencé a preocupar en cuanto vi como es que el ambiente empezaba a ser reinado por una extraña energía oscura que prontamente reconocí como el elemento de la oscuridad. Estas cosas empezaron a volverse más poderosas en ese ambiente pero, al ser este uno de mis elementos contrarios, me vi imposibilitado de usar mis poderes. La situación se me complicaba.

En un momento dado de la batalla, uno de ellos me atacó por la espalda y otro por enfrente. Me moví de costado para evadirlos a ambos más uno de ellos logró sujetar mi túnica, por lo que me vi obligado a romperla para evitar ser jalado por el. Me posicioné contra la pared y esperé a que ambos atacaran con todas sus fuerzas para dar un simple salto por encima de ellos y dejar que golpearan la pared, causando que unas barras de metal (Probablemente de una construcción, o algo similar) cayeran del tejado. Aproveché esto y sujeté un par en el aire. Al caer al suelo, arrojé ambas barras, cada una en dirección a uno de ellos mientras me abalancé sobre los mismos, quienes se habían desconcentrado al esquivar las que aún les estaban cayendo encima.

Ahora eran míos.

El hombre a mi izquierda intentó evitar mi golpe, recibiendo en cambio, la barra de metal justo arriba de su estomago. El hombre a mi derecha intentó evitar la barra, recibiendo en cambio mi mano firmemente sobre su cuello. Los miré a ambos con esa inexpresiva máscara de conejo negro antes de tomar la barra de metal y retirarla de un movimiento que terminaría su vida al mismo tiempo qué quebré el cuello del anciano.

Entonces solo queda...el incubo.

Camino lentamente hacia el único sobreviviente con la barra de metal en mano. En un momento, golpeo la barra con el suelo, pasando a dejar el extremo un poco más corto tras romperla, pero afilada a fin de cuentas. Finalmente, acabé parado enfrente de el, con el pobre mirándome con un terror que era común ver en mis víctimas. Si al fin y al cabo, todos saben que si me ven y no buscan contratarme...solo una cosa les espera.

-...Buenas... - No dejé que dijera una sola palabra antes de encajar la barra de metal en su corazón y levantarlo en el aire - ...Noches... - De un movimiento, lo arrojé por allí a lo lejos, cayendo este boca abajo. Suspiré y decidí por marcharme. Empecé a caminar recuperando un poco las fuerzas más aún sin la capacidad de ejercer mis poderes o por lo menos, sin la capacidad de utilizarlos en esa área que seguía inundada en oscuridad. Pero no, la cosa no resultó tan sencilla. Me apegé a una pared que proyectaba una oscura sombra para camuflarse en ella al primero sentir un aroma y luego, unos pasos. ¿Había alguien más? ¿Se le escapó alguien? Imposible, contó perfectamente 12 personas y posteriormente 12 cadáveres. ¿Será entonces que alguien más vino? Nadie se dirigía hacia aquí, no cuando se arrojó. La únicas opciones factibles eran que tuvo una mala suerte enorme y eso ocasionó que alguien más tuviera algo que hacer por aquí. De todas formas, llegó antes de que lograra desaparecer, por lo que...esa mala decisión acaba de condenar su vida.

Vi a un hombre que me pareció ligeramente familiar, al que recordé a duras penas verlo en el mismo sitio donde había visto al Incubo hace algún tiempo. ¿Será algún amigo, familiar, compañero de trabajo, lo que sea? Sea lo que sea, no podía abandonar este sitio y dejar que el lo viera. Tenía que encargarme de el...y lo haría.

Me preparé de cuclillas, me alisté y... de un momento a otro salté directo al hombre con una velocidad y fuerza inhumanas. Dirigí el filo de la barra de metal rota directo a su cuello con la intención de ejecutar un asesinato instantáneo, más jamás pudo sentir el acero perforando la carne, de hecho no sentí nada. ¿Fallé? No, no había fallado, ese hombre lo esquivó. Del mismo salto logré llegar hasta la pared a unos cuantos metros de altura y aproveché esto para voltearme y arrojar la vara de metal con una fuerza inmensa, un ataque que también sería esquivado y rompería la vara en varios pedazos al chocar contra el suelo. Di un impulso desde la pared para caer de pie en el suelo, a unos cuantos metros de distancia del hombre y con la mirada de esa máscara clavada en el. A pesar de no llevar conmigo mi túnica, sería difícil reconocerme incluso habiéndome visto antes. No solo por la máscara, si no que gracias a la oscuridad de la zona, mi cabello azul oscuro se camuflaba perfectamente entre las sombras.

- ... No debiste venir aquí - Comenté mientras me ponía en guardia con el pie derecho un poco por delante de mi y ambos antebrazos alrededor de mi rostro, en pose de batalla. No se si el también está al tanto de los rumores de Black Rabbit, pero si lo está, no dudará en reconocerme y... a saber si me enfrentará o cometerá al igual que los demás, el error de intentar escapar de mi.

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